Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2005.

16/08/2005

El regreso de las vacaciones

Ya he vuelto de vacaciones. Y he vuelto tan tranquilo que no siento en mí el impulso necesario para contar mis paranoias. Sospecho que al menos durante unas semanas este blog llevará otro ritmo.

La primera semana la pasé en un pueblecito de Teruel. Fue una semana mágica donde encontré muchas cosas. Casi todas dentro de mí, algunas agradables y otras no tanto, pero todas me sirvieron para ser más consciente de quien soy. La magia existe, lo sé porque yo he vivido una semana mágica en un pueblecito de Teruel.

La segunda semana de agosto estuve en la playa. Me lo pasé bien porque iba con amigos. Eso sí, este año echo de menos el Pirineo. Por primera vez en 19 años no subo al Pirineo en verano.

Me fui de vacaciones con la idea de leer. Seleccioné un par de libros, pero en Teruel regalé uno cuando sólo me había leído unas 40 páginas(Carmen Martín Gaite. Cuentos completos). Me lo volveré a comprar, me estaba haciendo disfrutar mucho. Por contra, en la segunda semana me han regalado unos cuantos:

- Gonzalo Torrente Ballester. Don Juan. Ya me lo he empezado y pinta muy bien.

- Benito Pérez Galdós. Un par de episodios nacionales. Sospecho que Galdós no hizo nada malo, así que caerán algún día.

- Juan Marsé. Si te dicen que caí. Me lo regaló Irenia convencida de que no lo quería para nada. No le gustó cuando lo leyó. En cambio, tengo algún que otro amigo que me habla maravillas de este libro. En fin, cuando lo lea podré juzgar.

Ahora toca asentarse, bajar de la nube, o quizá alimentarla para no dejar nunca de estar en ella. Se acercan fechas duras y no sólo por la vuelta al trabajo, creo que me sentará bien tomarme las cosas con calma, incluido el blog.
16/08/2005 14:19 Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

19/08/2005

Contar cuentos.

Tuve durante estas vacaciones la ocasión de actuar como cuentacuentos. No era la primera vez que lo hacía. Hasta hace 6 años practicaba esta afición con asiduidad.

En un principio contaba cuentos para niños de 8 a 11 años, pero con el tiempo tuve que hacerlo para gente más adulta. Entonces descubrí que las historias que gustaban a los niños también gustaban a los mayores. Al contrario es más difícil, pero con 20, 21, 25 ó 30 años la historia de la Cerillera de Andersen o cualquier otro cuento infantil, emociona lo mismo que si eres niño. Ni siquiera hay que utilizar otro lenguaje.

Mi primer contacto con los cuentos fue en una sesión en la que dos maravillosos contadores se presentaron diciendo que pretendían entrar en nuestro corazón y que el camino más directo pasaba por las orejas. A partir de ahí me tuvieron enganchado más de una hora en la que no pude prestar atención a nada más que no fueran sus gestos, sus gritos, sus narraciones, sus interpretaciones. Cuando salí lo tenía claro: tenía que hacer cursos y lanzarme a contar cuentos por ahí. Luego la vida me alejó de eso, pero creo que siempre que tenga la ocasión disfrutaré con ello.

Ahora es raro que a un niño le cuenten cuentos. Como mucho se les leen. Y no es lo mismo. El estímulo que supone para la imaginación el identificarse con el Rey Sabio, con el Ingenioso Labrador, o el Humilde Pescador que aparece en el cuento contado por alguien que agita los brazos, que salta, que interpreta, que cambia el tono de su voz, no puede sustituirse con un cuento leído con la esperanza de dormir al niño remolón que se resiste a entrar en el paraíso de Morfeo. Interiorizar un cuento requiere mantenerse despierto, atento, pensar los detalles, imaginarse que se es el protagonista, verse vestido con el traje de guerrero, de leñador, de bufón,...

Resulta muy gratificante ver a los niños con la boca abierta mirándote ansiosos por conocer más. En esta ocasión tuve la experiencia de contar con público infantil y adulto mezclado y las caras de unos y otros eran iguales. Lástima que estos 6 años sin contar cuentos dejaran en mi memoria únicamente los detalles suficientes para contar un par de historias.

Tenemos en España una riquísima tradición de cuentos. Casi todos con estructuras parecidas en las que aparecen reyes sabios, leñadores ingeniosos, bufones con sentimientos profundos, caballeros generosos, pescadores humildes, princesas bondadosas, etc. No son los cuentos de tradición española muy dados a las hadas que conceden deseos, aunque las hay, ni tampoco se recrean en magias ni en pócimas de brujas. Se nutren más de los valores humanos que de los divinos. Dan lecciones de honradez, humildad, tesón, paciencia, ingenio,...

Los cuentos contados deberían ser como los abrazos, hay que darlos porque todo el mundo necesita recibirlos.
19/08/2005 16:07 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

21/08/2005

Periodismo de verano. Ponerse en forma, bares de Zaragoza e Hijos de Carod

Me encanta la radio en agosto. Sin noticias, casi sin posibilidad de tertulia de actualidad, con los políticos de vacaciones, el ingenio toma la palabra. En agosto se pueden escuchar interesantísimos programas de cocina, cine clásico, libros, humor no político,... En agosto podemos distinguir perfectamente a los profesionales que tienen inventiva de los que no. Escuché el otro día un interesante programa que comparaba las distintas técnicas existentes para ponerse en forma. Tai-Chi, Yoga, Método Pilates, Footing, etc. Diseccionaba cada una de ellas y explicaba qué aporta cada una. No hay tiempo el resto del año para hacer a mitad de tarde un programa sobre esto.

Algo parecido ocurre con los periódicos. Los domingos, por tradición familiar entre otras cosas, leo el Heraldo. Los meses de agosto, la serie de viñetas de Cano son impagables. Recuerdo el año de "La Monja Pintora" que nos recreó con una serie de viñetas tronchantes. Este año: "Los consejos de Don Quijote". Sensacional Cano.

Hoy leo también un interesante artículo sobre bares de Zaragoza que han cimentado su prestigio en alguna particularidad como celebrar exposiciones, ser centro de reunión de gente peculiar, o cualquier otra cosa. Estos bares, según cuenta el artículo, están abocados a convertirse en tugurios modernos que sirvan cubatas en cadena y estén alejados de lo que han sido. A mí, como amante de los libros que he leído de Galdós, el cierre que más pena me da es el de Casa Lac, donde el genial escritor canario confeccionó su episodio nacional Zaragoza, y que aún conservaba en su tablón de anuncios recortes de prensa de la época que así lo atestiguaban. Por otro lado la historia moderna de Zaragoza es la historia de cafeterías y bares que desaparecen. El Ambos Mundos, donde se reunía la intelectualidad de la época desapareció hace muchas décadas, el Plata cerró con una especie de luto público y lamentos por la renuncia de la ciudad a mantener parte de su historia. La sala En Bruto perdió su sentido ahogada por el hecho de que la gente sólo está dispuesta a ir a conciertos donde estén acompañados por al menos dos mil personas. Cuenta también como han superado la amenaza de cierre bares como La Campana de los Perdidos.

Por último, me sorprendo leyendo un pequeño espacio dedicado a una noticia que, probablemente no habría tenido repercusión en enero. Un padre y su hijo han sido multados por insultar a unos Mossos de Esquadra llamándoles "hijos de Carod". Y me parece bien. No se puede perder la elegancia ni para insultar, así que ante tal exabrupto, justa es la multa. Incluso sería partidario yo de una indemnización al policía que seguramente volvió a casa cabizbajo y herido en su dignidad. No sé yo si soportaría que en mi trabajo alguien me llamara "hijo de Carod". ¡Qué desconsideración!
21/08/2005 11:20 Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

23/08/2005

diferencias culturales.

Me han visitado estos días mis amigos de Londres. Siempre es una experiencia estar con ellos.

Hablamos de lo divino y lo humano, compartimos preocupaciones, sueños, y sentimientos. Ellos vuelven para la ciudad del Támesis y continúan con su vida.

Me hablaron de cómo se está viviendo allí el caso del brasileño asesinado por la policía británica. Allí, en su concepción de la vida, las cosas están o bien o mal. No hay término medio. Por tanto, no les tiembla la mano en una invasión o en una actuación policial. Me contaron que los ingleses de a pie, los que se levantan todos los días para ir a la fábrica o a la oficina, están muy convencidos de que el estado no puede andarse con chiquitas a la hora de combatir el terrorismo o cualquier otra actividad maligna. Por otro lado tienen muy asumido que a veces se cometen errores, y que cuando se tiene esa filosofía de vida pueden tener graves consecuencias. Así pues, dicen que los Londinenses no están escandalizados por el vergonzoso caso del brasileño. No es que lo vean bien, pero entienden que es un error y que es una lástima pero es el precio a pagar para tener un sistema seguro. Ellos alucinan con esto.

Entre los tres empezamos a imaginar qué habría pasado en España en un caso similar. La oposición habría pedido la comparecencia del Ministro del interior, y cuando éste hubiera comparecido, la del Presidente del Gobierno. Ninguna explicación habría sido suficiente y, en cualquier caso, el Gobierno estaría compuesto por incompetentes a juicio de la oposición y la mayoría de ciudadanos. Asociaciones de extranjeros, contra el racismo, de derechos humanos, de amas de casa e incluso de jugadores de petanca que pasaran por allí se pondrían en la puerta del Congreso para gritarles a los miembros del gobierno que son unos fascistas. Se promoverían manifestaciones en las que se gritara ¡Fulano asesino, fulano asesino! al ministro de turno. Eso sí, el policía que a bocajarro y a sangre fría hubiese vaciado su pistola en el cráneo del brasileño cumpliría un par de meses de cárcel y el Estado se haría cargo de la indemnización.

Espero que se me entienda. Me parece escandaloso que la gente en Londres no le dé importancia al caso y lo asuma como normal. Pero creo que en España, con lo acostumbrados que estamos a cogérnosla con papel de fumar, la cosa no habría sido mucho mejor.
23/08/2005 14:35 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

25/08/2005

Hoy un texto de Isabel Allende

Te quitabas la faja de la cintura, te arrancabas las sandalias, tirabas a un rincón tu amplia falda, de algodón, me parece, y te soltabas el nudo que te retenía el pelo en una cola. Tenías la piel erizada y te reías. Estábamos tan próximos que no podíamos vernos, ambos absortos en ese rito urgente, envueltos en el calor y el olor que hacíamos juntos. Me abría paso por tus caminos, mis manos en tu cintura encabritada y las tuyas impacientes. Te deslizabas, me recorrías, me trepabas, me envolvías con tus piernas invencibles, me decías mil veces ven con los labios sobre los míos. En el instante final teníamos un atisbo de completa soledad, cada uno perdido en su quemante abismo, pero pronto resucitábamos desde el otro lado del fuego para descubrirnos abrazados en el desorden de los almohadones, bajo el mosquitero blanco. Yo te apartaba el cabello para mirarte a los ojos. A veces te sentabas a mi lado, con las piernas recogidas y tu chal de seda sobre un hombro, en el silencio de la noche que apenas comenzaba. Así te recuerdo, en calma.

Tú piensas en palabras, para ti el lenguaje es un hilo inagotable que tejes como si la vida se hiciera al contarla. Yo pienso en imágenes congeladas en una fotografía. Sin embargo, ésta no está impresa en una placa, parece dibujada a plumilla, es un recuerdo minucioso y perfecto, de volúmenes suaves y colores cálidos, renacentista, como una intención captada sobre un papel granulado o una tela. Es un momento profético, es toda nuestra existencia, todo lo vivido y lo por vivir, todas las épocas simultáneas, sin principio ni fin. Desde cierta distancia yo miro ese dibujo, donde también estoy yo. Soy espectador y protagonista. Estoy en la penumbra velado por la bruma de un cortinaje traslúcido. Sé que soy yo, pero yo soy también éste que observa desde afuera. Conozco lo que siente el hombre pintado sobre esa cama revuelta, en una habitación de vistas oscuras y techos de catedral, donde la escena aparece como el fragmento de una ceremonia antigua. Estoy allí contigo y también aquí, solo, en otro tiempo de la conciencia. En el cuadro la pareja descansa después de hacer el amor, la piel de ambos brilla húmeda. El hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y la otra sobre el muslo de ella, en íntima complicidad. Para mí esa visión es recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisa plácida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismos pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismo ángulo y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen con igual delicadeza.

Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo, detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria. Puedo recrearme largamente en esa escena, hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer. Entonces se rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces muy cercanas.

-Cuéntame un cuento -te digo.
-¿Cómo lo quieres?
-Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.

Rolf Carlé.

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Con este texto comienza "Cuentos de Eva Luna". Me parece magnífico. Incluso la firma de Rolf Carlé, personaje de la novela "Eva Luna". Cada cierto tiempo, cuando me hace falta una lectura rápida de algo que me relaje y me anime, agarro ciertos fragmentos de ciertas novelas, o un libro de poesía de Salinas, Neruda, Gloria Fuertes, o cualquier otro buen poeta. Este texto puede que lo haya leído ya más de cien veces.
25/08/2005 08:23 Enlace permanente. Hay 8 comentarios.

27/08/2005

...

por la mañana he bajado a comprar al supermercado que hay en mi calle. Cuando me he puesto en la fila de la caja número 7 la he descubierto. Era la mujer de la que hablaba Azorín.

Su pelo iba suelto, ondulado, casi despeinado y con la humedad de quien se acaba de duchar. Parecía tener un aroma a yerba fresca, a flores recién cortadas. Sus piernas eran largas e iban metidas en un pantalón ajustado. No es que fuera excesivamente bella, al menos según los cánones habituales, no llamaba la atención en la fila, pero algo que no alcanzo a razonar ha hecho que no pudiera apartar la vista de sus hombros, de su pelo, de sus gestos, de su compra. Sólo llevaba una bolsa con langostinos. Se intuía en toda ella esa belleza que sólo se muestra en intimidades, en miradas, en sonrisas.

He puesto lo que llevaba en la cesta sobre la cinta. Un paquete de comida para mi periquito y media docena de cervezas. Una botella se ha tumbado con el correr de la cinta y dulcemente ella la ha vuelto a poner de pie con un gesto amable, sencillo y delicado. Casi he sentido vergüenza por no haber comprado una botella de lavavajillas o un frasco de algo más doméstico. Mi compra era la propia de un soltero que ve el fútbol mientras bebe cerveza tras cerveza. ¿Habrá pensado eso de mí? He sentido ese pudor pueril que sienten los niños cuando hacen algo que no saben si está bien y quieren que sus padres no les pregunten para poderse salir con la suya. Tras poner de pie la botella me ha mirado y ha sonreído. Eso me ha reconfortado.

No sé cómo explicarlo pero me he sentido turbado el resto de la mañana. ¿Vivirá en el barrio? ¿Por qué no la he visto antes? ¿Acaso la he visto y no me he fijado? ¿Qué extraña afinidad ha surgido guardando fila? ¿Habrá sentido ella lo mismo?

Después he vuelto a casa, he preparado unas lentejas y cabezada empanada. He comido, he fregado, me he echado la siesta y al levantarme he visto terminar la primera etapa de la Vuelta ciclista a España. He decidido emplear el resto de la tarde a fondo para no pensar demasiado en lo fácil que es dejarse llevar por una sonrisa, por un gesto, por una belleza intuida.
27/08/2005 21:40 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

30/08/2005

Consciencia.

Me tumbé boca arriba. Las palmas de las manos mirando al cielo. Los ojos entreabiertos sin fijar la mirada en ningún sitio. Alejé todo pensamiento de mi cabeza y me abandoné al momento y al aire de la mañana que acariciaba mi pecho desnudo. Comencé a concentrarme en mi respiración sin pretender cambiarla, únicamente la observaba. Me di cuenta de lo difícil que es observar la respiración sin alterarla. Sólo concentrándome en ella, tratando de ver cómo estaba respirando, me di cuenta que ella por sí misma se volvía más profunda, más relajada.

Cuando llevaba diez minutos así empecé a observar otras pequeñas señales. Tenía tenso el muslo izquierdo. Observando esa tensión, desapareció sola. Como por arte de magia fui consciente de cada parte de mi cuerpo. En la punta de los dedos notaba la circulación fluida y relajada de la sangre.

Al cabo de otros diez minutos a mi mente asomaron mis miedos, mis dolores emocionales, mis ansias. Entonces vi que observando estas emociones que ahogan el alma a diario, algunas de ellas desaparecían y todas se volvían más intrascendentes.

Durante el resto del día no tuve miedo al futuro, sólo curiosidad por saber cómo era.
30/08/2005 10:20 Enlace permanente. Hay 6 comentarios.


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