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Cide Hamete

Londres

Me voy a Londres. De vacaciones. Tengo un matrimonio amigo que vive allí desde hace tiempo. Se fueron buscándose la vida y no les va nada mal. Algún día tengo que contar su historia. Les profeso una sentida admiración por la manera en la que se han planteado la vida.

Con la llegada de Ryanair y los vuelos baratos siempre me estaban diciendo que tenía que ir a pasar unos días. Y la verdad es que me sale más barato ir a Londres que a Madrid.

El otro día mi jefa insinuó que sería bueno que nos fuéramos pillando vacaciones ahora porque en agosto y meses posteriores va a haber muchísimo trabajo. Con este empujón ya no podía hacer otra cosa que decidirme. Así que allí estaré unos días.

Cuando vuelva os cuento mis paseos por la capital del Támesis. Espero ver mucho mercadillo, mucha calle, y presentarle mis respetos a la estatua del almirante Nelson. También me gustaría visitar el 221B de Baker Street. Por internet hay una interesante discusión acerca de su existencia real. Sospecho que va a ser difícil que visite tan famosa dirección.

Os cuento a la vuelta.

...

Hoy me ha llegado el informe médico del reconocimiento que me hicieron en marzo.

Comienza así:

"Varón de 28 años de edad. Su constitución se corresponde con el tipo normosómico. Mide 181 cm. de estatura. Pesa 72 kg. Con estos valores se obtiene un Índice de Masa Corporal (IMC) de 21.98 que indica normopeso."

¿Qué quiere decir normosómico? No lo he encontrado en ningún diccionario. A mí me suena a "normal" y con lo poco que me gusta seguir las normas, ya me fastidia ser normosómico. Aunque sospecho que tampoco sería más feliz con otra constitución distinta.

Mi familia dice que me ve arguellado. Me parece una definición más exacta, pero es un término que no usan los médicos. Tampoco sé en cuánto está el rango que me clasifica en normopeso. Probablemente si pesara 80 kg también dirían lo mismo. De hecho, hasta hace dos años pesaba eso y nunca me dijo ningún médico que tuviera sobrepeso. ¿Para qué sirven pues estos datos? Yo no me reconozco en ese párrafo.

¿Por qué no leo libros de autores contemporáneos?

Llevo unos cuantos días pensando en este artículo. Concretamente desde que, el día de la presentación del libro de Antón Castro, José Luis Melero empezó una conversación preguntando "¿Qué es eso de que no lees contemporáneos?". Reconozco que, según como se interprete puede parecer que desprecio a mis coetaneos, o que pienso que no tienen nada que enseñarme. Nada más lejos de la realidad.

Si leo clásicos se debe principalmente a mis complejos como lector. No tengo un criterio razonable para decir qué me gusta en literatura, así que para elegir lo que leo, voy a lo seguro. He leído contemporáneos, y a veces me han gustado, pero otras muchas veces no. En ocasiones, haciendo caso a críticos o amigos que te recomiendan un libro "imprescindible", he leído tostones insufribles. Incluso creo que hay algunos de reciente publicación que se han sobrevalorado por extrañas razones y son considerados obras de arte, cuando en realidad no merecen el tiempo que cuesta leerlos.

Me ocurre incluso con autores o libros que es casi delito decir que te parecen ramplones. Por ejemplo, me pareció insufrible "El lapiz del carpintero" de Rivas. Cuando lo digo delante de ciertas personas me acomplejo por no haber sabido encontrar lo que de artístico debe tener según el parecer de tantos críticos.

Sospecho que muchos de esos libros son tan promocionados que gran parte de su fama no se debe a su calidad real, sino al hecho de que a menudo permitimos a los medios de comunicación decidir qué es lo que nos gusta. ¡Es tan fácil ir por el redil!. Sólo hay que observar con un poco de frialdad que en según que círculos no se puede cuestionar la calidad como cantante de Bisbal. ¿Quién me garantiza que con la literatura no ocurre lo mismo y que lo que quieren hacernos creer que es bueno, no es más que un producto de marketing?. Seguro que no es así siempre pero no puedo evitar, al plantearme la lectura de alguno de estos libros, el prejuicio de que puede ser un libro ramplón que ha alcanzado cierta fama gracias a un premio, a ser publicado por una editorial afin a algún medio de comunicación importante, etc.

Otra razón para evitar las novedades editoriales es el precio. Compro demasiados libros como para poderme permitir el precio que a menudo tienen. Un libro que está bien escrito, es igual de bueno diez ó veinte años después de su primera edición. Que nos corra prisa leerlo se puede deber a un capricho infantil de "tener lo último de...". Todos tenemos esos caprichos, pero no tienen nada que ver con la literatura. Yo no soy coleccionista de libros -afición muy respetable-, los compro con el único fin de leerlos. Así pues, tiro de ediciones de bolsillo, libros de colecciones de kiosko,... Por 10 € te puedes comprar casi cualquier edición de bolsillo de la colección Letras Hispánicas de Cátedra. Si cojo el último éxito de ventas en la lista del Corte Inglés, puede ser que disfrute o no con su lectura. Pero si leo cualquier novela de Galdós tengo casi la certeza de estar leyendo una joya literaria. Lo mismo ocurre con cualquier autor del que se sigan publicando ediciones cuando ya ha pasado de moda, cuando no puede tener ningún amigo editor o crítico ni sus libros generar derechos de autor. ¿Qué interés puede tener una nueva edición de Gracián o Quevedo? Desde luego algo tendrán estos autores cuando 400 años después se siguen pudiendo comprar en las librerías.

Desde luego que he disfrutado con algún contemporáneo. Me gusta leer a Juan Manuel de Prada, García Márquez, Fernando Lalana, Delibes, Bryce Echenique (a ratos),... Incluso tengo en mi lista de pendientes "El Sembrador de Prodigios" de Antón Castro que, para mí es casi un deber leer a no mucho tardar. Y leo estos libros esperando encontrar algo bueno entre sus páginas. Eso sí, no creo que se me ocurra leer "El Código Da Vinci", o el último premio Planeta.

Cambiando un poco el hilo de este artículo me pregunto ¿Por qué llega a clásico un libro o un autor? Lo fácil es pensar que cuando un libro o un escritor es bueno el paso de los años lo convierte en clásico. Pero entonces ¿por qué Delibes o García Márquez son clásicos en vida igual que lo fue Cela? Creo que un libro es clásico cuando tiene la habilidad de ser cambiante. Trataré de explicarme. Me he leído el Quijote 3 veces, y cada vez ha sido diferente. Distintos han sido los sentimientos que he tenido hacia Sancho, que al principio me parecía un botarate, un cateto egoista, pero que la última vez que leí el libro me pareció un ser maravillosamente cerebral y lleno de dignidad. Supongo que es un libro que mientras te entretiene contando la historia de un loco te está hablando de ti mismo y del momento que estás viviendo. Del mismo modo, sospecho que cada clásico es diferente según quién es el lector.

El último libro que me ha maravillado ha sido "Los hermanos Karamazov" de Dostoievsky, del que prometí hace algunos días ya un artículo más extenso, y del que sin duda hablaré algún día. Es también un ejemplo de lo que digo: tú lo vas leyendo y vas deduciendo la lucha entre el bien y el mal sin épica colectiva, sin batallas, tan sólo con nuestra mente y nuestros sentimientos como campo de batalla. El libro te habla acerca de ti. Tú estás en esas páginas.

Por último, si la literatura tiene 5.000 años de historia ¿Por qué ceñirnos a los últimos 20? ¿Podemos tener la certeza de que estos últimos 20 años son los mejores de la literatura? ¿No es eso limitar el disfrute de tan bello arte?

José Luis Melero me argumentaba el hecho de que ningún autor del siglo de Oro me va a explicar la Guerra Civil española, de que sólo los contemporáneos me pueden explicar el tiempo que me ha tocado vivir. Y es cierto, no puedo quitarle la razón. Quizá por eso mantengo todavía a Juan Marsé o Delibes entre mis estanterías y disfruto con las últimas tardes de Teresa o los paseos por el Camino. Pero la naturaleza humana es la misma en el siglo XXI que en el siglo XVI, y eso es lo que realmente me hace disfrutar de Pedro Antonio de Alarcón, Cervantes, Unamuno, o García Márquez, no la ambientación histórica de sus novelas.

Sobre tertulias, tertulianos y secuoyas

Estuve presente el otro día en una tertulia en la que todo el mundo parecía muy interesado. Era una reunión de gente joven que, para matar el tiempo, empezó a hablar de cualquier tema que surgiera. Como digo, no sólo parecía que a la gente le fuera la vida en ello, sino que además todo el mundo parecía ser una eminencia en cualquier tema. Vamos, filosofía de bar pura y dura.

Lo mismo se nombraba a Ratzinger, que a Zapatero, o a Le Pen como si los tertulianos conocieran la biografía completa y detallada de estos personajes, dando una importancia a sus opiniones como si de verdades absolutas se tratara. Se juzgaban actuaciones, se conocían intereses,...

En el momento más soporífero de esta tertulia, que dejó de interesarme a los cinco minutos de comenzar, un amigo que estaba igual de aburrido que yo, me miró con una expresión que parecía decir: "Cuánta necedad". Pero de pronto se iluminó su cara como si se le hubiera ocurrido el remedio a nuestro aburrimiento. Empezó a intervenir, dándose tono y diciendo profundas frases del estilo de: "Esto es como todo", "Lo de la iglesia (política, fútbol, o lo que tocara) es lo que tiene", "Todo tiene sus pros y sus contras",... Tras cada frase me miraba para asegurarse de que comprendía la broma. Se sonreía discretamente y volvía a simular estar muy entregado a la conversación. Lo sorprendente fue que nadie pensó que mi amigo estuviera ausente de la conversación, como de hecho estaba. Tras una frase de "alto nivel" de alguno de los tertulianos, la respuesta de mi amigo les dejaba reconfortados en su propia necedad.

El punto culminante de la conversación llegó cuando se hablaba de cine. Se empezó a hablar de lo malo que es el cine español, de lo bueno que está Brad Pitt, de que Penélope Cruz tiene el culo gordo y todas esas verdades absolutas (léase con ironía) que nadie se atreverá a poner en duda. Entonces, mi amigo puso cara de preocupación y dijo "Sí, pues dicen que Torrente va a tener una tercera secuoya". No sé si la gente habría bebido mucho, o si en sus adentros se rieron creyendo profundamente en su superioridad intelectual. No hubo ni una risa, ni una corrección, ni nada de nada, la tertulia siguió del modo más natural.

Ni que decir tiene que mi amigo y yo nos tuvimos que salir de la reunión muertos de risa y creyendo que ya habíamos oído todo lo que teníamos que oir. Él se fumó un pitillo mientras se le pasaba el ataque y yo me limité a felicitarle.

Algunos dirán que esto es reirse de la incultura de la gente. No me gustaría que se pensase así. Lo que me da a veces risa y a veces tristeza, es ver el modo de discutir que tenemos sin escuchar, sin darle más importancia al criterio de un verdadero entendido que a cualquiera que se le ocurra opinar.

Entiéndanme, opinar se puede opinar sobre cualquier cosa, yo lo hago siempre que puedo porque soy muy bocazas, pero deberíamos darle a cada opinión el valor que se merece. Si Karlos Arguiñano habla de cocina habrá que pensar que estamos ante alguien que se gana la vida con ello, pero no sé si le daría mucha importancia a su opinión sobre la novela de posguerra en España. En fin, que opinar en una tertulia es sano, dignifica y ayuda a comprender distintos puntos de vista, pero opinar con presunción e ignorancia merece desprecio.

diez años del golazo de Nayim

Recuerdo que hace diez años salí a la calle compartiendo un sueño con miles de zaragozanos. Con la absurda alegría de haber vivido algo realmente irrepetible. No hay muchas personas que puedan decir que vieron a su equipo ganar un título continental en el último minuto de la prórroga, con un gol imposible desde 50 metros. ¡Qué grandeza tiene el deporte!. Hoy se cumplen 10 años del golazo de Nayim.

No es que yo sea muy futbolero, pero ese día fue mágico. Pocas veces está justificado abrazarte con desconocidos. Ese día ocurrió eso y mucho más. Yo lo viví en las pantallas gigantes del Pabellón Príncipe Felipe. La gente comenzó a correr hacia ningún sitio, a abrazarse,... Seguro que muchas parejas comenzaron su historia tras un beso repentino con la emoción del momento como excusa.

Recuerdo que un profesor que era un poco raspa nos había puesto un examen al día siguiente. Por supuesto eso no fue suficiente para evitar que ese día me acostara a las mil, tras pasar por la plaza España y ver la mayor fiesta colectiva que yo he visto en esta ciudad. Cuentan las crónicas que ese día se agotó la cerveza del Casco Viejo.

Hay equipos que, con dinero, o gracias a la fortuna en la elección de sus fichajes, consiguen juntar alguna vez una plantilla con la calidad de aquella, pero muy pocos lograrán jamás generar una ilusión tan absurdamente maravillosa como aquella. Hace falta para eso que se alineen todos los planetas, y eso no ocurre a menudo.

...y al que no le guste el vino es un animal.

Como ya conté en este mismo espacio que ocurriría, he pasado el fin de semana en un pequeño pueblo de Soria. Fui con compañeros de trabajo. En mi trabajo estamos mucha gente joven y, de cuando en cuando, organizamos cosas de este tipo. No hay mucho que se pueda contar. Entendedme, no es que no ocurrieran cosas, es que no se pueden contar. Beber mucho, dormir poco, hacer cosas de las que avergonzarte el lunes con los compañeros.

El sábado, día de campo con caldereta, vino, sol y finalmente visita a una cuadra. Fue una experiencia interesante. Íbamos con la hermana de una compañera de viaje que tiene allí un caballo y que adora ese mundillo. Nos habló de cómo se cuida diariamente un caballo, de lo que siente un caballo cuando se le acaricia, de la nobleza de estos animales,... Finalmente nos permitimos el lujo de dar una vueltecilla sobre uno de estos mansos mamíferos. Fue maravilloso ver la pasión con la que nuestra bellísima guía describía los mimos de un dueño a su animal y viceversa.

Para terminar ese día, vuelta a nuestro pequeño pueblo y vino, y más vino... Os podéis imaginar el resto.

No merece la pena que me extienda más porque seguro que vuestra imaginación puede hacer una composición más exacta y con más detalle de todo lo que allí ocurrió.

...
las mieses no eran el mar
dorado de nuestra infancia
y la brisa no corría
en las faldas de las muchachas.
...
(Angel Petisme. Trae contigo la lluvia)

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Voy a estar tres días perdido por pueblos de Soria, "donde el tiempo pasa cadencioso y sin pensar". Por lo visto se han inventado una fiesta para justificar un fin de semana de excesos. A la vuelta os cuento.

Huevos blancos

Hace unos días, vi como un sobrino de mi hermana se extrañaba al abrir la nevera.

- Mamá, la tía tiene en la nevera huevos marrones

El niño no relacionaba el marrón con los huevos porque en las ilustraciones de sus cuentos infantiles los huevos son blancos.

Yo recuerdo que en mi infancia los huevos eran blancos. Es más, lo raro era que entre una docena te cayera alguno marrón. Ahora no sabría decir cuál fue el último huevo blanco que he visto. Puede que haga años que no veo uno. Sé que es un tema trivial, pero llevaba varias semanas dándole vueltas al tema. ¿Será por los piensos industriales que ahora los huevos no son blancos? Claro, la comida no es lo que era.

Pero me he enterado que no, que el misterio reside en la raza de las gallinas. Por lo visto la raza que se ha impuesto por ser más fácil de criar da los huevos marrones. Una de estas gallinas cuesta a lo sumo 6 €. Por contra, las gallinas ponedoras tradicionales pueden costar varias veces más e incluso tienes que pedirlas ex-profeso. En un mundo industrial que se rige por la relación beneficios-costes, estamos abocados a no volver a comer huevos blancos.

¡Qué nostalgia me da pensar en huevos de color blanco! ¡Cómo olía la cocina de mi madre! ¡Cómo eran las tortillas de mi infancia! ¡Qué bizcochos! Recuerdo que en aquella época una rebanada de margarina era un manjar, y el día que había torrijas era una fiesta. A ver quién le da ahora una rebanada de margarina a un crío. Por eso me emociona que un niño pequeño se extrañe de algo que se ha convertido en habitual sin que nos demos cuenta.

Está bien que no demos por normal aquello que es habitual, nos puede hacer pensar en como hacer mejor las cosas. Yendo a casos concretos, no porque sea habitual debemos ver como normal que los cargos públicos se llenen los bolsillos, o que cada vez que hay puente mueran un montón de personas en la carretera. Eso no es normal.

Pienso en lo bien construido que está el lenguaje: la palabra "habitual" tiene una raíz común con el término "hábito", y la palabra "normal" con el vocablo "norma".

no tengo ganas

Esta especie de lunes ha despertado sin ganas. Ayer tuve un mal día. Hice muchos nervios durante todo el día y no sabía por donde tirar el cuerpo.

Por la noche me senté al teclado, pero no supe qué escribir. Tampoco hoy tengo ganas de escribir, pero tampoco quiero dejar que el blog se muera de inanición. Supongo que el calor, el ver que existe un mundo fuera y no siempre puedo disfrutarlo, me alteran. Me siento preso de mi propia vida, pero al fin y al cabo muy pocas personas pueden elegir cómo quieren que sea su vida. Quiero decir, que tampoco me siento un ser desafortunado.

En fin, que hoy comienza una nueva semana, y mañana quizá tenga más tranquilidad y más ganas para escribir algo que tenga algún interés. Si no, siempre puedo tirar de artículos viejos y recuperarlos para justificar la existencia de este espacio. Aunque llegará un día en que eso también se acabe como acabó el invierno. Uf, con lo que me ha animado a mí siempre la primavera, ¿Cómo puede ser que me sienta tan apagado? Seamos optimistas, mañana será otro día.

Ámbar

Hoy he pasado el día en la casa de campo en la que vive mi hermana.

Me ha sentado bien el aire libre. Pasear, dar una vuelta en bici, leer mientras la hembra de pastor español que tiene mi hermana me lamía con cariño el codo y la brisa me acariciaba la piel,...

Ámbar, que así se llama la perra, es una delicia. Desde que era un cachorrico me tomó aprecio. La veo menos de lo que quisiera, pero siempre me quedaría con ella horas y horas. Sabe cuando me apetece jugar, si estoy de buen humor, si me encuentro haciendo algo importante, si me voy a pasear o a hacer un recado, si quiero estar solo. Sabe también si estoy triste y trata de animarme con su cara compasiva y su presencia callada y leal. Me pregunto qué tipo de relación habría tenido con ella si yo hubiera sido su dueño.

Es una perra de carácter. Obediente, pero capaz de tomar sus propias decisiones. Si intuye que no debe estar en un sitio, no estará aunque se lo mandes. Y generalmente es mejor no insistirle, porque tendrá sus razones.

Ahora está recién pelada y parece otra cosa. Con el pelo un poco más largo parece realmente un perro pastor. Su forma de andar con carácter, su manera de estar siempre observando,... Me fascina esta perra.

...

Dolía la tarde a través de las ventanas. He bajado a comprar por las tiendas de mi barrio y he intuido que la primavera había pasado por sus calles y ahora estaba en algún otro sitio. Ha pasado desapercibida por la puerta de mi casa. El frío ha sido sucedido por el sopor y la indiferencia. Personas cansadas de moverse bajo el calor me miraban sin verme.

Menos mal que cuando he llegado a casa, en mi sofá, donde la vida puede ser soportable, he encontrado un libro que me estaba esperando.

Los libros no entienden de frío o de calor. Están ahí esperándote, sin ignorarte nunca. Iba a escribir algo profundo, empleando para ello el tiempo que fuera necesario, pero creo que el libro que allí me espera merece que su amor sea correspondido sin tardanza.

ser zurdo...

Conozco un hombre que ronda los 60 y que es zurdo. Esta particularidad le supuso ser tratado de una forma discriminatoria cuando era niño. En el colegio le obligaban a escribir con la derecha y en casa incluso le ataban la mano izquierda a la mesa para obligarle a comer la sopa con la mano que no le era natural.

Este hombre se crió en un pueblo un poco cerrado, es cierto. Pero también es cierto que durante muchos años ser zurdo se consideraba una señal de que el demonio habitaba en ti. Se consideraba algo antinatural, desviado. Ahora resultan ridículos estos razonamientos. Relacionamos esto con una época ya superada, con un tipo de educación caduca y antediluviana. Yo no soy zurdo y no creo que me vaya a convertir en ello nunca, pero simpatizo con ellos por su "rareza". La sociedad sigue sin estar pensada para ellos. Sólo hay que fijarse en qué lugar se coloca la ruleta para poner en hora el reloj de muñeca o el diseño de las tijeras. No obstante esto no impide que ahora se les vea de un modo absolutamente normal y que su vida no sea distinta a la de un diestro.

Yo me pregunto: ¿Cómo veremos dentro de 30 ó 40 años a esos que dicen que los homosexuales son unos desviados y que su conducta es antinatural?. Probablemente entonces la sociedad tampoco esté diseñada para ellos. Aunque, probablemente, nadie será tan ridículo como para llamarles "desviados".

De profesionalidad se trata.

De profesionalidad se trata.

Un día bajo a la calle y en un locutorio de mi barrio me encuentro la pegatina de la foto. Tiene algo de particular me digo.

Me refiero a la ausencia de tilde en la palabra "aquí". No penséis que soy un maniático de la ortografía, no es el error lo que llama mi atención. Lo que me sorprende es que alguien que se gana la vida llevando palabras a un papel no sepa escribirlas correctamente. Esto está a la orden del día. En la calle te encuentras infinidad de "Carnicerias", tiendas que venden "videos" en sus catálogos, ...

Hasta ahora me llamaba la atención este asunto en los carteles de bares y tiendas, y en los folletos que encuentro en mi buzón pero veo que incluso empresas importantes que tienen su negocio extendido por toda España caen en ese error. Porque digo yo, que cuando en Telefónica lanzan una campaña, habrá un creativo de alguna empresa publicitaria que la diseñe, un superior que opine y la corrija, algún responsable de la empresa cliente que dé su visto bueno, y un serigrafista que fabrique las pegatinas. ¿Entre todos esos nadie sabe escribir "aquí"? Sorprendente. Y la tolerancia con la que habitualmente vemos estas cosas también es sorprendente.

Puede que la cosa sea más sencilla: Telefónica encarga una campaña de distribución de pegatinas a una segunda empresa, ésta subcontrata a una tercera y en esta tercera se acaba haciendo cargo un chico de 16 años que está contratado a través de una ETT durante los meses de verano y que no tiene nada que ver con el mundo del diseño ni de la publicidad. Él las diseña, las imprime y, si me apuran, las envía a las delegaciones provinciales.

¿Será una vez más que da lo mismo que seas cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón?

Se puede perdonar que un albañil tenga faltas de ortografía cuando te rellena la factura, pero no que te haga torcida una pared. Del mismo modo no entiendo este tipo de errores en publicistas. Viene a ser como esa chica de RENFE (o de la ETT correspondiente) que me decía que Canfranc no tenía estación porque no salía en su base de datos.

Observad que dejo pasar lo del "MAS" porque todavía hay gente que piensa que las mayúsculas no hay por qué acentuarlas. El que se inventó semejante cosa supo hacerla llegar muy lejos, porque casi todos hemos tenido algún profesor que nos ha enseñado esa falsa regla como verdadera. También dejo pasar lo de "Telefonica" porque habrá quien diga que se confunde la tilde con la parte alta de la "f".

En fin, cosas veredes.

Suma y sigue

Iba a escribir hoy sobre otra cosa, pero he leído esta noticia sobre la lapidación de una mujer en Afganistan y se me han quitado las ganas.

¿Qué pensará el adalid de la libertad George Bush? Lo más probable es que no piense. Y si lo hace será acerca del precio actual del petroleo.

...

Hace unos días alguien me dijo que debería tomarme más en serio a mí mismo.

Y creo que lleva razón. Cuántas veces, con un tono guasón, digo cosas que yo mismo quisiera ser capaz de decir en serio. Descubrí hace tiempo que cuando se me ocurre algo ingenioso, es tomado de una forma más amable si lo digo en tono de broma. Es mi escudo para evitar ciertos dolores en el alma y me ayuda a justificarme en aquello que no me siento capaz de hacer o decir. Mejor dicho, en aquello que no me siento capaz de sufrir.

Paseo dominical

El sábado no trasnoché. De este modo el domingo me levanté pronto y me lancé a redescubrir esta maravillosa ciudad que enamoró a Antón Castro y Miguel Mena entre otros y que me tiene cogida el alma. Me encantan los domingos por la mañana en Zaragoza. Tienen ambiente de paseo. Es momento para el deporte, para la creación, para el suspiro. Además tenía la excusa perfecta: debía estrenar la cámara de fotos que me compré hace unos días.

Fui por la orilla del río hasta el puente de Piedra, y me acerqué a leer una vez más la inscripción de la cruz que hay en el lugar donde mataron al Padre Boggiero y al cura Sas. Siempre me sorprendió que, con la ciudad ya rendida, los franceses perdonaran la vida a Palafox pero no a Boggiero. Y es que supongo que para cualquier imperio, alguien con capacidad para pensar y hacer pensar es muy peligroso.

Fui por detrás de la Lonja y llegué hasta la plaza de San Bruno. El mercadillo de los domingos es apasionante. Lo mismo puedes encontrar el casco de un agente de Scotland Yard, que un libro de corte y confección de los años 40. Farolillos árabes, teteras, revistas antiguas, libros, colecciones de todo tipo, pañuelos, fulares, mantones de baturra, sombreros, máquinas de coser, microscopios antiguos, balanzas de precisión, ...

En la plaza había un campeonato infantil de fútbol a 3. Se trata de ese deporte parecido al fútbol, que se juega en una especie de jaula y en el que los equipos están compuestos por tres jugadores, incluido el portero que no puede tocarla con la mano. Creo haber reconocido al Pardeza del año 2015. El resto de chicos le sacaban al menos una cabeza, pero era habilidoso, con cintura, picardía y visión de juego. Sus regates en corto eran imprevisibles y los contrarios no sabían muy bien por dónde echar la pierna. A esas edades suelen notarse mucho las diferencias físicas, pero en este caso parecían jugar a favor del más débil. Este futuro Pardeza jugaba sabiendo que era el mejor sobre la moqueta del campo, exhibiendo autoridad. Sin embargo, pasaba la pelota, algo inusual en las estrellas de 9 años, que no tienen tendencia a levantar la cabeza para mirar a sus compañeros, ni a perder la ocasión para lucirse con un nuevo regate.

Entré en la Basílica y, tras comprobar que todo estaba en su sitio, subí por la calle Alfonso. Allí eché una moneda a la estatua de bronce de un Cow-boy que me apuntó bravucón con su pistola, sonrió y, tras tocarse el ala de su sombrero, volvió a su postura estática. Más que con esto, lo que realmente me hizo disfrutar fue la cara de sorpresa de un niño de unos 4 años que estaba allí con su padre dándose su paseo dominical. Me encantan las estatuas humanas por lo infantil que tiene su juego.

Callejeando llegué a la Plaza Santa Cruz. No entiendo nada de pintura, pero me encantan los domingos en esta plaza. Mirar los cuadros sin que nadie te atosigue para que los compres, respirar la libertad creativa que vive en esa plaza tan minúscula y que ahora además tiene ocupada la mitad de su superficie por unas obras interminables. Me quedé embobado mirando el cuadro de una mujer semidesnuda. No sé si me fascinó la postura de la modelo, la combinación de colores, o los trazos firmes del cuadro. Me inclino por la primera opción. La postura natural de esa mujer arreglándose con la mano su melena suelta, y el acierto del artista de ver en esa postura una bella imagen para un cuadro.

El resto del paseo fue una combinación de tapeo, cerveza y charla con un amigo que me encontré por casualidad. Nada fuera de lo normal.

En Zaragoza se equivoca el que se levanta de la cama y, por ser domingo, dice que no tiene nada que hacer.

Paseo Primaveral.

Ayer quedé con una amiga para ir al cine. Mi amiga es universitaria. Una belleza que casi no tiene ni 21 años. Y no sólo es que esté buena -que también-, es que es bella en un sentido mucho más amplio. Pero no es lo que realmente viene al caso. Lo que venía a contarles, es que quedé con ella en la puerta de la Facultad de Ciencias, dentro del Campus, a las seis, que es cuando sale de su última clase del día.

Llegué pronto. Muy pronto. Así que decidí darme un paseo por el campus, y recordar mis años de inocente mocedad sentado en sus jardines. Pude observar a grupos de estudiantes sentados en la orilla del estanque, aprovechando los primeros días de buen tiempo, tratando de ganar un poco de color en la cara, tras tantos meses a la luz de un flexo y a la espera de volver a encerrarse para los exámenes finales. Camiseta de manga corta ellos, tímidos escotes ellas. Se veía gente sola fumando, tomando el sol, leyendo, grupillos de veinteañeros ligando, parejas, etc. Me venía la imágen de finales de los 90 con el agua del estanque salpicándome gotas lo suficientemente pequeñas y escasas para resultar agradable, una convesación amena, una compañía grata -no siempre femenina, lamentablemente.

También pude distinguir todos los clichés de la universidad, que son los mismos que en mis años de estudiante: el repeinadísimo vestido con camisa a la última moda, que sale de su Golf GTI último modelo, aunque algunos de esos, ahora salen de un Seat León. Seguro que estudia Derecho, decíamos los estudiantes de Ingeniería. La niña monísima, que pasea su palmito por la mitad de los jardines vestida como para una boda. Seguro que estudia Derecho, decíamos también de ella, con la baba colgando y sin perderla de vista. También estaba el tío cuidadosamente desarreglado, con melena, camiseta informal, llevándose las miradas de las chicas de ingeniería. Seguro que estudia Filosofía pensábamos nosotros. Y, cómo no, el que salía de un 127 del año de la polka, aunque ahora salen de un Renault 11. De este último, no decíamos nada, porque solía ser compañero de carrera. También estaban las paradas de autobuses repletas de los que no teníamos ni el 127 heredado para ir a clase.

Vi también algo nuevo para mí: chicos aprendiendo a hacer malabarismos con diávolos, pelotas, mazas,... qué tontos, con la de compañeras de clase que tendrán deseando ser invitadas a un café. Supongo que los tontos que hacen eso ahora, somos los tontos que nos íbamos a jugar al futbolín en mi época.

Luego pasé por la cafetería del edificio de Interfacultades. Allí estaban los que habían decidido dejar para mejor momento lo de aprender malabarismos, y tener una tertulia que más les aprovecharía en el estanque.

Yo por los jardines, el estanque o la cafetería, iba como un astronauta, seguramente arrancando alguna mirada extrañada. Seguro que es profesor novato dirían algunos. Debe llevar un montón de años estudiando ingeniería dirían otros. Espero que nadie pensara que estudio Derecho. No por nada -ya me curé de casi todos mis prejuicios-, pero prefiriría que mi forma de andar, de vestir, de observar, les invitaran a pensar otras cosas de mí.

La película bien. Muy bien. Cleopatra. Una joya argentina. Pero eso es otro tema y lo dejo para otra ocasión.

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Este texto tiene más de un año pero ya sabéis que, cuando no sé muy bien qué escribir, le echo morro al asunto y recupero cosas viejas.

La historia de la japonesa y el cartero de Alpartir

Hoy, que he encontrado un hueco en mis quehaceres, me dispongo a cumplir con lo prometido y contar en el blog la historia de la japonesa y el cartero de Alpartir. Vaya por delante que yo únicamente conozco esta historia a partir de la narración que escuché en Radio Zaragoza hace unos cuantos días. He buscado datos en internet, pero sólo he hallado una página . Esta página sólo informa sobre una noticia actual relacionada con la historia de estos personajes. Así pues, si decidís leer esta historia debéis asumir que estará llena de las imprecisiones propias de una historia aprendida de oídas, y contada de memoria.

Me pareció cuando la oí una hermosa historia homérica, o quizá cervantina, ya que me recordó la historia de Zoraida que aparece en el Quijote. Y es que, una vez más me doy cuenta que los libros clásicos se convierten en clásicos porque cuentan algo de la naturaleza humana. Y esta naturaleza es intemporal.

Por otro lado esta historia, para maravillarse, creo que hay que situarla en su época - 1963-, ver lo que suponía ser católico, y la creencia de un pueblo en lo que estaba bien y en lo que estaba mal. Igual que vemos como héroes a los que defendieron Zaragoza en los Sitios, y le damos la importancia justa al hecho de que lo hicieran en nombre de Dios y de la Virgen del Pilar, y esto no desmerece el hecho de que fueran capaces de darlo todo por un ideal de patria y por querer tener su propia identidad. Aunque luego ese ideal se acabara transformando en aclamaciones a la vuelta de Fernando VII y ¡Vivan las caenas!. Pero vaya, los españoles tenemos ese tipo de miserias que son consustanciales a nuestra forma de ser como pueblo. Y es que, por cada Quijote hay 8 ó 9 Sanchos.

En fin, que me enrollo cual persiana y pierdo el hilo de lo que quiero contar. Perdonad estos tostones que os suelto y que no logro evitar en mis explicaciones.

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La historia se sitúa en el año 1963. El personaje en el que nace la historia es un misionero natural de Alpartir que se encuentra haciendo su labor en Japón, tierra hereje. Este misionero mantenía correspondencia con la maestra de su pueblo natal. A través de esta correspondencia, la maestra se enteró de que, en el mismo pueblo donde se encontraba su interlocutor postal, había una muchacha japonesa que se había convertido al catolicismo y quería vivir en un país católico. Tal era su fé y de tal manera había hecho partícipe al misionero, que pronto su historia fue conocida por todos los habitantes de Alpartir que sentían una natural simpatía por la muchacha. La maestra, con la complicidad de todo el pueblo decidió colectar dinero para traerla a España, donde sin duda encontraría la mejor manera para desarrollar su vocación.

Pero el pasaje de avión resultaba muy caro en aquel entonces, y el dinero que se pudo recoger no era suficiente. Así pues, el pueblo se unió, y contactó con un programa de radio conocidísimo en aquella época en la que no todo el mundo tenía televisor. Este programa se llamaba "Ustedes Son Formidables" y es posible que algún lector se acuerde o haya oído hablar acerca de él ya que duró muchísimos años. A través de ese programa se consiguió que gente de toda España donara dinero para la causa y Masako Kimura -que ése es su nombre- consiguió llegar a España donde se hizo monja de clausura como era su sueño.

Pero la historia no acaba aquí. El misionero siguió manteniendo correspondencia con la maestra y le contaba la tristeza en la que se hallaba la familia de Masako que no había entendido su vocación, y además tenían la inquietud de no saber nada del país al que había ido a parar la joven.

Nuevamente a través del citado programa de radio, se instó a todo el país a que se enviaran postales asegurando que la muchacha iba a ser muy feliz en España y mostrando las maravillas del país. Se recogió una cantidad inmensa de postales de toda España, y un cartero de Alpartir las llevó personalmente al Japón, donde tras un larguísimo y epopéyico viaje fue recibido como un héroe, llegando su historia a todos los rincones del país oriental. Al parecer la familia logró comprender lo que para Masako suponía ese cambio, y se contentó. (Tampoco creo que les quedara más remedio.)

Masako Kimura reside actualmente en el convento de las monjas clarisas de Arnedo.

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¿Es o no es una historia maravillosa?

Aviones, trenes,...

Aviones, trenes,...

El viaje ha sido muy cansado. Ver, he visto poco. Paisaje. Me he movido en coche por Normandía y la Bretaña francesa. Todo muy verde. Nantes me ha parecido una ciudad curiosa. Con sus casas bajas, las calles quedan muy abiertas al cielo. Pude ver la iglesia del Monte de Saint Michel porque cuando pasé había marea baja (con marea alta no se ve). Crucé el famoso puente de Normandía que podéis ver de aquellas maneras en la foto (está tomada desde el coche). Todo un prodigio de la ingeniería.

En Nantes me enteré de que mi enlace Lyon-Madrid había sido cancelado. Entonces descubrí que mi inglés es mejor que lo que yo creía. De repente, poniendo los cinco sentidos, era capaz de entender todo lo que me decían en los mostradores sin importar la velocidad a la que hablaran.

Finalmente pasé la noche en Barcelona. Tengo ciertas amistades en Barcelona que siempre están deseosas de verme por ahí. Es toda una fortuna. Esta vez pude compartir mesa, paseo, confidencias y mucho más con Irenia que siempre está ahí deseando enseñarte un rinconcito nuevo de su ciudad o de su alma.

Viajar con tanto dinero como puso a mi disposición la empresa es otra cosa. Todos los problemas que genera una cancelación se solucionan con una llamada de teléfono. "Anula el hotel de Madrid, nos olvidamos del AVE que ya hemos comprado y cogemos hotel en Barcelona y Altaria a Zaragoza para mañana". Estas cosas te las piensas más cuando dependen de tu bolsillo. Supongo que ser rico es viajar así pero además poder visitar pausadamente esas ciudades. La verdad es que yo no estoy acostumbrado a las atenciones con que te obsequian en estos hoteles, aviones, restaurantes ni a todas las posibilidades que te ofrece una Visa que no es tuya. Tengo una mentalidad más austera. El trayecto Barcelona-Zaragoza lo hice en clase turista porque no me parecía bien pagar (es decir, que la empresa pagara) 20 euros por el sandwich que te dan en clase preferente, y que probablemente no iba a tomar. En mi empresa no comprenden estas cosas, "¡pero chico!, si paga la empresa. Además te puede apetecer algo a mitad de viaje". Y sé que no es muy normal pensar de esta manera, pero es que supongo que soy un mochilero en espíritu. Me llegan incluso a irritar cosas como la sonrisa postiza del personal masculino de los aviones. Y me refiero al personal masculino, porque tengo la sensación de que las mujeres son mucho más naturales para estas cosas. Te sonríen cuando se dirigen a ti y punto. No son necesarias esas sonrisas mientras estás comprobando que todo el mundo lleva el cinturón o mientras viertes el zumo en el vaso.

Una vez más la mejor compañía del viaje la he tenido en un libro. Acariciarlo mientras miras por la ventanilla del avión, leer mientras esperas que abran la puerta de embarque, llegar al hotel, tumbarte y abrirlo,... ¡qué suerte haberme llevado un buen libro en este viaje!.

He vuelto

Pues sí, estoy aquí, pero no le pidáis peras al olmo. Tengo muchas cosas atrasadas. Relatar mis breves experiencias en La France es una de ellas, pero quiero tomarme el tiempo que haga falta.

Athe, prometo contarte en cuanto pueda la historia del cartero Alpartir y la japonesa. Aunque para ello me hará falta tiempo y memoria.