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Cide Hamete

Paseo Primaveral.

Ayer quedé con una amiga para ir al cine. Mi amiga es universitaria. Una belleza que casi no tiene ni 21 años. Y no sólo es que esté buena -que también-, es que es bella en un sentido mucho más amplio. Pero no es lo que realmente viene al caso. Lo que venía a contarles, es que quedé con ella en la puerta de la Facultad de Ciencias, dentro del Campus, a las seis, que es cuando sale de su última clase del día.

Llegué pronto. Muy pronto. Así que decidí darme un paseo por el campus, y recordar mis años de inocente mocedad sentado en sus jardines. Pude observar a grupos de estudiantes sentados en la orilla del estanque, aprovechando los primeros días de buen tiempo, tratando de ganar un poco de color en la cara, tras tantos meses a la luz de un flexo y a la espera de volver a encerrarse para los exámenes finales. Camiseta de manga corta ellos, tímidos escotes ellas. Se veía gente sola fumando, tomando el sol, leyendo, grupillos de veinteañeros ligando, parejas, etc. Me venía la imágen de finales de los 90 con el agua del estanque salpicándome gotas lo suficientemente pequeñas y escasas para resultar agradable, una convesación amena, una compañía grata -no siempre femenina, lamentablemente.

También pude distinguir todos los clichés de la universidad, que son los mismos que en mis años de estudiante: el repeinadísimo vestido con camisa a la última moda, que sale de su Golf GTI último modelo, aunque algunos de esos, ahora salen de un Seat León. Seguro que estudia Derecho, decíamos los estudiantes de Ingeniería. La niña monísima, que pasea su palmito por la mitad de los jardines vestida como para una boda. Seguro que estudia Derecho, decíamos también de ella, con la baba colgando y sin perderla de vista. También estaba el tío cuidadosamente desarreglado, con melena, camiseta informal, llevándose las miradas de las chicas de ingeniería. Seguro que estudia Filosofía pensábamos nosotros. Y, cómo no, el que salía de un 127 del año de la polka, aunque ahora salen de un Renault 11. De este último, no decíamos nada, porque solía ser compañero de carrera. También estaban las paradas de autobuses repletas de los que no teníamos ni el 127 heredado para ir a clase.

Vi también algo nuevo para mí: chicos aprendiendo a hacer malabarismos con diávolos, pelotas, mazas,... qué tontos, con la de compañeras de clase que tendrán deseando ser invitadas a un café. Supongo que los tontos que hacen eso ahora, somos los tontos que nos íbamos a jugar al futbolín en mi época.

Luego pasé por la cafetería del edificio de Interfacultades. Allí estaban los que habían decidido dejar para mejor momento lo de aprender malabarismos, y tener una tertulia que más les aprovecharía en el estanque.

Yo por los jardines, el estanque o la cafetería, iba como un astronauta, seguramente arrancando alguna mirada extrañada. Seguro que es profesor novato dirían algunos. Debe llevar un montón de años estudiando ingeniería dirían otros. Espero que nadie pensara que estudio Derecho. No por nada -ya me curé de casi todos mis prejuicios-, pero prefiriría que mi forma de andar, de vestir, de observar, les invitaran a pensar otras cosas de mí.

La película bien. Muy bien. Cleopatra. Una joya argentina. Pero eso es otro tema y lo dejo para otra ocasión.

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Este texto tiene más de un año pero ya sabéis que, cuando no sé muy bien qué escribir, le echo morro al asunto y recupero cosas viejas.
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1 comentario

Antonio Pérez Morte -

Gracias al "morro" que dices haberle echado, he leído, por primera vez, este mini-relato, que está muy bien...

¡A veces los recuerdos nos salpican como las gotas de agua del estanque del pasado!
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