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Cide Hamete

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por la mañana he bajado a comprar al supermercado que hay en mi calle. Cuando me he puesto en la fila de la caja número 7 la he descubierto. Era la mujer de la que hablaba Azorín.

Su pelo iba suelto, ondulado, casi despeinado y con la humedad de quien se acaba de duchar. Parecía tener un aroma a yerba fresca, a flores recién cortadas. Sus piernas eran largas e iban metidas en un pantalón ajustado. No es que fuera excesivamente bella, al menos según los cánones habituales, no llamaba la atención en la fila, pero algo que no alcanzo a razonar ha hecho que no pudiera apartar la vista de sus hombros, de su pelo, de sus gestos, de su compra. Sólo llevaba una bolsa con langostinos. Se intuía en toda ella esa belleza que sólo se muestra en intimidades, en miradas, en sonrisas.

He puesto lo que llevaba en la cesta sobre la cinta. Un paquete de comida para mi periquito y media docena de cervezas. Una botella se ha tumbado con el correr de la cinta y dulcemente ella la ha vuelto a poner de pie con un gesto amable, sencillo y delicado. Casi he sentido vergüenza por no haber comprado una botella de lavavajillas o un frasco de algo más doméstico. Mi compra era la propia de un soltero que ve el fútbol mientras bebe cerveza tras cerveza. ¿Habrá pensado eso de mí? He sentido ese pudor pueril que sienten los niños cuando hacen algo que no saben si está bien y quieren que sus padres no les pregunten para poderse salir con la suya. Tras poner de pie la botella me ha mirado y ha sonreído. Eso me ha reconfortado.

No sé cómo explicarlo pero me he sentido turbado el resto de la mañana. ¿Vivirá en el barrio? ¿Por qué no la he visto antes? ¿Acaso la he visto y no me he fijado? ¿Qué extraña afinidad ha surgido guardando fila? ¿Habrá sentido ella lo mismo?

Después he vuelto a casa, he preparado unas lentejas y cabezada empanada. He comido, he fregado, me he echado la siesta y al levantarme he visto terminar la primera etapa de la Vuelta ciclista a España. He decidido emplear el resto de la tarde a fondo para no pensar demasiado en lo fácil que es dejarse llevar por una sonrisa, por un gesto, por una belleza intuida.
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3 comentarios

Tana -

Me alegra saber que somos varios los que disfrutamos de ocasionales encuentros, como ese que nos describes, Cide. Esas iluminaciones momentaneas son la sal de la vida: una mirada en el autobús, una canción tarareada a medias con un desconocido...
Y... me encantan los periquitos!! :) Un bico!!
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Irenia -

Bonito encuentra y bella manera esta tuya de contarlo.

Hay miradas, gestos, actitudes que nos atraen irremediablemente hacia alguien y todo ello forma un bello conjunto difícil de olvidar y de vivir, proque por desgracia, encuentros tan mágicos como éste son muy raros.

Confío en que vuelvas a verla.

Besos

acróbatas -

¡Qué lindo eso que te ha pasado! Yo he tenido pocos encuentros así pero son tan especiales como inolvidables... Un beso!
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